lunes, 12 de julio de 2010

RUTINA DE LA MÁS GENIA DEL MUNDO

Quería contar un poquito sobre mi rutina actual. El despertador suena a las seis menos once. No sé quién lo escucha, no sé quién lo apaga (si es que eso realmente ocurre), pero yo me levanto a las seis y doce. A veces la estiro hasta seis y veinte. Me visto, me pongo los borcegos que uso todos los días desde hace cuatro meses, me seco el pelo, me tomo el café o té, me hago un buche con Colgate Plax, y luego me lavo los dientes con Colgate. Uso un cepillo Oral-Pro Rosa que está hecho mierda porque me lavo los dientes muy fuertes. En los últimos días me salieron dos llaguitas, y luego se sumó otra más ya que me mordí comiendo una medialuna en la hora de geografía. Entonces, cuando me lavo los dientes me duele mucho, pero después me pongo xilocaína con un hisopo y se calma el dolor por un rato. Encima una de las llagas se ve cuando sonrío, no creo que nadie quiera darme un besito si me llego a estallar de la risa, cosa que suele suceder.

Luego, me lavo la cara, me maquillo, me doy otro retoque en el pelo, traslado monedas y billetes de la billetera de mi madre a la mía, y salgo. Vivo en un segundo piso, y cuando bajo por las escaleras, últimamente me encuentro al señor Julio (un individuo detestable por su impertinencia, su chusmería y su cara de "tengo ocho pijas atravesadas por el orto hace 25 años"), portero del edificio, pasando un trapo por las escaleras en el primer piso. Con un tono muy insolente que roza el maltrato, me dice que está limpiando y que las escaleras no se pueden usar. Seguido de esto, me impide el paso con la escoba, que la coloca de pared a pared, y tengo que acudir a modos de habla poco cordiales para poder llegar a destino.

- ¿No te das cuenta que estoy limpiando? Por acá no se puede pasar, usá el ascensor.

- No voy a usar el ascensor por dos pisos, tardo más, además cuando comencé a bajar las escaleras no sabía que estabas limpiando, y no voy a subir de nuevo para tomarme el ascensor. Así que lo lamento, pero si me permite, voy a pasar de todos modos. Adios!

Dejemos en claro que esto ocurre hace pocos días, habrán cambiado los horarios de limpieza, pero antes nunca pasaba. Quizás, por consideración, decida tomarme el ascensor si huelo a producto de limpieza.

Luego salgo del edificio, mientras camino guardo las llaves y me echo a pique. Corro porque el colectivo que debo tomarme pasa a una cuadra de mi casa, y la bronca que me da cuando estoy a un metro de la parada y no llego a tomarlo, es inexplicable. Y encima para ver que una cuadra después de la parada donde yo debo tomarlo, lo varó la barrera, y está cinco minutos ahí al divino botón, cuando podría estar en la parada esperando que yo suba. Aclaro que este es el colectivo que pasa a las 6:47 AM.

Luego me dispongo a colocarme los auriculares, elegir el disco que voy a escuchar, y esperar al próximo colectivo. Éste arriva a eso de las 6:52. No es muy raro que termine tomando el colectivo que pasa a las 6:57,o peor aún, como caso extremo, a las 7:01.

Pasados aproximadamente unos quince minutos de viaje por la Avenida Rivadavia, me aproximo a la puerta, toco un botón y me bajo en Rivadavia y Carabobo, donde está la estación de subte. Corro cinco metros y desciendo al subterráneo, donde con mucha impaciencia espero que la gente que está antes que yo en la cola saque su ticket. Quisiera hacer unos comentarios al respecto. Por un lado, me gustaría torturar a la gente, sacarle las tripas y hacérselas tragar, ya que compran un ticket de un viaje con diez pesos, o un billete incómodo para el cambio. A diferencia de esos inoportunos, yo llevo un billete de dos pesos y una moneda de diez centavos, para no tardar más de tres segundos en comprar mi ticket. Inmediatamente me devuelven una sencilla moneda de un peso y un cartoncito rectangular. Pero acá hay otra cuestión, y es la ineficacia de los inoperantes trabajadores del subte. Toman mate, charlan entre sí, todo con una persimonia que me hace pensar solamente en estrolarles la cara contra una pared llena de chele, y luego desfigurarlos y cortarles el cuero cabelludo, al mejor estilo Tarantino. Después de esta incontrolable peripecia, cargada de un stress descomunal, atravieso los molinetes corriendo, bajo las escaleras y, si todo sale bien, me tomo el tren que parte de la estación a las 7:07.

Siguiendo la suceción de hechos, ahora voy a relatar algo que me da asco. Me da asco por la gente. Yo, como muchos otros, espero el tren detrás de la línea amarilla, sin meterme entre las personas ni atravesar los límites espaciales ajenos. No obstante, este clima de tranquilidad aparente, donde todos son respetuosos con los otros, se rompe inmediatamente cuando llega el subte. Éste se detiene, abre sus puertas, y la gente comienza a empujar para subir primero y viajar sentado. Yo juro que prefiero subir última y viajar como una sardina antes de perder mi estribos y convertirme en una bestia salvaje sólo para conseguir un lugar. Qué asco me da esa gente! Qué bajeza! No pueden ni esperar a que desciendan los que vienen dentro del tren. Se arrematan sudados, babosos, pegajosos y peludos, con esas encías a la vista para obtener su propósito. Uno pensaría que es una cuestión de vida o muerte lo que los lleva a perder su humanidad y convertirse en bestias. Porque no son ni siquiera animales, son bestias! Perdieron toda condición de humanos, yo diría que no merecen ser respetados como personas, pero tengo ciertos principios y por eso mantengo mi compostura.

Luego de un viaje en el subte, a veces agradable, otras veces llenos de stress o nerviosismo, bajo en la estación Perú. Corriendo a toda velocidad me dirigo hacia el colegio por adentro de los túneles subterráneos, ya que afuera hace demasiado frío. Llego al colegio, el regente que siempre está en la puerta me mira con cara de: otra vez tarde, señorita Montes? Subo las escaleras casi sin aliento, y con el último respiro ingreso al aula, doy el presente y esbozo un fingido y encantador saludo.

- HOLIS, BUENOS DÍAS.

Me dirijo hacia mi asiento temporario. Es temporario porque mi estadía en ese colegio es temporaria, más temporaria que la del resto. Porque no tengo un lugar. Antes me sentaba con otras personas, pero ya me cansaron lo suficiente. Eran insoportables, no paraban de hablar, eran feos, murmuraban, eran irrespetuosos. Lacras, eso eran, no servían para nada, no aprovechaban nada de lo que les da el colegio. Sé bien que este quizás sea un juicio bastante apresurado, pero la impresión que me llevé de ellos es que son personas como animales. Esos que no se preguntan nada. Que sólo viven, como los caballos que comen pasto instintivamente, y sólo hacen eso, están ahí en estado latente. Y no quiero menospreciarlos, pero así eran. Probablemente algún día les llegue el momento de hacer la revolución interna, pero actualmente son así, larvas. Mi problema es que si ellos no perjudicaran a los demás con su superficialidad, estaría todo bien, pero no. ¿Por qué tengo que bancarme escuchar los comentarios de football justo cuando el profesor de matemática está dictando algo? Una cosa es que hablen en clase, pero otra cosa es que zumben, porque no hablan, zumban! Es evidente que en un colegio en el que se da clase como en la universidad, si el profesor de digna a hacer un dictado es porque se trata de algo realmente importante, y que si no lo copio después voy a tener que molestarme y buscarlo en algún libro. Y ni siquiera tengo el carnet de bilbioteca, cuando se lo pido prestado a algún compañero me ponen mala cara.

- Pueden dejar de hablar UN MOMENTO? Por favor, está dictando, un momento te pido.

- Vos que te sacaste en matemática?

- Me saqué una baja nota, tengo que sacarme un diez para levantarla... vos?

- Yo me saqué un nueve.

Y encima se atrevía a ponerme cara de sobrador, no se da cuenta que justamente porque me saqué baja nota necesito prestar atención? qué? que a vos te haya ido bien te autoriza a hablar y molestar a los demás? Con la cara de feo que tenés no me vengas a hablar con ese tono, antes depilate la ceja, forro!

El asco.

Luego, cansada de la fealdad y la insolencia, me cambié de lugar. Me senté del otro lado del aula, al lado de gente bastante más copada. Sin embargo el malestar prosigue quebrando y rompiendo las barreras de mi paciencia, que ya me queda poca.

La desilusión.

Yo llegué al curso re contenta creyendo que eran todos re buena onda, buenos compañeros, divertidos, solidarios, pero me equivoqué... Hay gente inteligente, pero tan egoísta. Por ejemplo, hay uno que ya lo tengo entre ceja y ceja (a diferencia del pelotudo que se sacó nueve en matemáticas que como tiene una sola ceja, no puede), que sabe muchísimo, es notable su facilidad para incorporar conocimiento, y que cuando le preguntás algo no te responde, te responde mal, o te dice que le consultes a alguien más. Atrevido.

También está el que se sienta atrás mío, que no para de moverse y hacer ruidos. ¿Qué le pasa? Por favor... Todos gritan, hablan sin parar, ¿no pueden callarse tan sólo un momento? Encima yo estoy tan afuera de todo, estoy en otra etapa. Ellos están en la secundaria, y yo estoy haciendo un trámite. Me siento tan sola, y en ese aula de porquería hace un frío tremendo ya que el vidrio de una ventana está roto entonces entra todo el viento helado, para acompañar un poquito el ambiente.

Dos horas de economía... ¿cuánto falta para morirme? Quisiera esconderme, desaparecer. Me siento tan observada y tan insignificante a la vez. A nadie le importo. Me hice amiga de una chica con la que tenemos una relación de amor y odio. Yo la quiero, pero ella no me entiende. Yo no sé si la entiendo o no a ella, probablemente no la conozca casi nada en realidad, pero el comprenderla no se da como un problema. En cambio, su comprensión hacia mí, sí. Es chocante (no ella, la comprensión). No entiende mis modos, mis códigos, piensa muy diferente a mí y cuando le digo lo que yo pienso se enoja. Se enoja porque no le gusta cómo hablo, no le gusta que yo retrueque todas sus palabras, yo tengo la capacidad de justificar todo lo que digo cuando me atrevo a desmentir lo que dice alguien, y eso (yo lo entiendo) es insoportable. Pero no digo esas cosas de pedante, las digo porque a veces veo que tiene una visión de la realidad demasiado adolescente o poco pensada, limitada quizás, y quiero darle otro panorama. Ojo! Ella es inteligentísima y llega a un nivel de profundidad interesante de las cosas. Y muchas veces es ella la que me da lecciones a mí, aunque no sea conciente de eso. A mí muchas veces me pasa que veo la realidad de manera limitada, le pasa a todas las personas, las discuciones están buenas porque te abren la cabeza a otra interpretación de los sucesos. Pero ella se lo toma todo a mal en estos casos. Yo soy un poco soberbia, es verdad, lidio diariamente para corregir ese defecto. Sin embargo ella no puede atravesar esa capa de superioridad que tengo yo, y ver algo más. Porque me imagino que nadie va a creerse que una persona soberbia no vale la pena sólo por eso, detrás de esa cualidad hay mucho más. La cuestión del soberbio es que puede tener cosas muy interesantes para decir, pero manchadas de pedantería. Está en el otro, como persona, abrirse y ser lo suficientemente maduro para no entrar en ese jueguito y rescatar lo que vale en verdad.

Dos chicos me gustaron este año en el colegio. Bueno, me río un poco. "Me gustaron"... me fijé en ellos en realidad, pero no me dieron cabida. Uno me empezó a tratar mal de un día para el otro así que lo dejé pasar. Y eso que yo di mucho de mi parte. Y otro, es más chico que yo y se nota, es entendible que no sea capaz de conocer a una persona sin pensar "uh, Juli me quiere dar jojo"... patético si lo pienso con mi cabeza, pero no tanto si me pongo sus zapatos. Está en cuarto año, se entiende que piense así.

Lo mismo que mis compañeros de división, incluso el uniceja, el que no para de moverse y hacer ruidos, y el genio egoísta. No son malas personas ni inútiles ni superficiales porque eso no existe, es relativo. Sólo están en otra etapa, y si me pongo en sus zapatos no es tan difícil comprender su actuar. Pero bueno, yo no vivo en sus zapatos, y estar tan descolocada, tan descontextualizada es difícil. También, sería muy fácil juzgarme porque no me banco nada y odio todo. Pero tener que mantener una rutina y una vida amoldada a caber dentro de un lugar al que ya no pertenezco es dificilísimo. Yo hago el esfuerzo igual, aunque no parezca. Está en mí aprender a manejar las cosas de la mejor manera posible. Mi objetivo es lograr cumplir con lo que es menester, sin perderme. Sin perderme de mí. Manteniendo, como dije antes, mi compostura, mi yo.