miércoles, 16 de marzo de 2011

JACOBO

Cuando Jacobo está en la calle no entiende muchas cosas, y lo más problemático para él es que entenderlas le resulta crucial. A Jacobo le perturba que la gente lo mire cuando camina, nunca sabe verdaderamente qué les pasa a todos. "¿Es porque soy lindo?" "¿Es porque mis movimientos son raros y descordinados?" "¿Es porque no sé caminar?" "¿Es porque todos están de la cabeza?". A veces hasta se le ocurre pensar que lo miran porque tiene media cara azul. Por las dudas, para el funeral de la abuela Leonor se pintó la cara de color piel, no vaya a ser cosa de ultrajar ceremonia tan digna con una ridícula cara mal pigmentada. Además, si arruinara el funeral de la abuela desviando la atención de los invitados, su madre le echaría la culpa de ser un demente. Que los llantos de culpa y conmiseración hacia la muerta se conviertan en cuchicheos y miradas desafortunadas hacia su persona le preocupaba más por la reprimenda de su madre que por las consecuencias en la velada. De todos modos, Jacobo ya estaba acostumbrado a ser el centro de atención, aunque sea una característica implícita de toda su existencia. Nadie hablaba de él ante él. De hecho, casi nadie se acercaba a Jacobo. Pero sabía que las miradas lo apuntaban. A él y a su media cara posiblemente azul.
En su casa Jacobo no tenía miedo, estaba solo y se sentía normal. En la calle no era normal, era raro. En su casa miraba la televisión, usaba la computadora, jugaba al Winning, no se bañaba, dormía, leía, satisfacía todas sus necesidades.
Salir a la calle lo ponía a Jacobo en una situación extrema. Debía estar alerta e identificar a quienes lo miraban. ¿Por qué lo miraban? "Qué desesperación". Era algo tan estresante. Cuando esperaba el subte, las personas que caminaban a su alrededor lo examinaban, de arriba a abajo, hasta que lo perdían de vista. Cuando entraba al vagón, a todos les sorprendía cómo Jacobo se sentaba. Cuando viajaba en colectivo, la gente lo miraba desde la calle. En silencio, claro.
Jacobo siempre encontraba momentos en los que su vida dependía de un simple accionar de él. A veces estaba sentado frente a su computadora y de repente se percataba de una pila sobre su escritorio. El deseo de tragarla y sentir la jaqueca y el dolor de estómago insufrible previos a la muerte le llamaban poderosamente la atención. Era como el vértigo, siempre tenía ganas de caer, el vacío lo llamaba a gritos. Por momentos se imaginaba cómo su centro de masas se convertía en un agujero negro que lo sustraía, era como caerse dentro de si mismo. Era como morir y a la vez vivir al máximo. Era como entregarse a su ser plenamente. Ese deseo natural e instintivo se traducía en su vida diaria como las ganas insuperables de caerse de un rascacielos al vacío del pavimento.
Desde ya, Jacobo era absolutamente inconsciente, sólo vivía los síntomas y las manifestaciones de su psiquis, sin entender qué había detrás de eso. Jacobo se quedaba con lo que sus sentidos le decían, con su percepción inmediata. Se obsesionaba con ser normal, pero no le bastaba con eso, no toleraba ser uno más del montón. Esa mirada constante que le brindaba el otro, los otros, le era repulsiva y a la vez necesaria para vivir, para sentir.