¡Qué hijo de puta!
En mi cabeza no puedo dejar de decir con mucho odio "¡qué hijo de puta!".
Y ya no se si es más por la persona que me arruinó la vida o por el pelotudo que me arruinó los últimos diez minutos.
El siguiente texto lo escribí hace un tiempo, sentía algo más o menos parecido a lo que ahora, aunque la situación era distinta. Pero en fin, he aquí:
Cuando iba ciega por la cornisa, de repente me caí al precipicio. Ya muerta, nadé en el vacío, y me convertí en él. Y en mí nadaban partículas de odio comprimido que se chocaban, explotaban y enloquecían. Después me convertí en el todo, y mi fuerza orientó la existencia en todas las dimensiones de todos los tiempos y todos los espacios. Ahora ya no hay ni tiempo, ni espacio. Ahora ya no hay nada, y nuevamente soy la nada, el vacío, donde una célula de odio se multiplica por mitosis y a veces, por reproducción sexual. Para hacer mitosis, el material cromosómico de las células de odio se condensa, luego explota, rompe los husos mitóticos y todos los límites. Un destello de microcélulas odioríficas rellena mi nada, me rellena, y crece. Crece y explota. Explota y se multiplica. Y crece de nuevo.
Ese es mi ciclo vital. Así vivo generación tras generación. Entre el tiempo y el no-tiempo. Entre el todo y la nada. Pero siempre soy poderosa.
LBG
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